Día 1: donde las leyendas conviven con el futuro
Hablar de Hellfest es hablar de uno de los grandes templos de la música pesada a nivel mundial. Desde su traslado a Clisson, una pequeña localidad francesa rodeada de viñedos y paisajes imposibles de asociar con el metal extremo, el festival ha construido una identidad única. Durante casi dos décadas ha logrado reunir a varias generaciones de aficionados bajo una misma bandera, convirtiéndose en una auténtica peregrinación anual para miles de seguidores llegados de todos los rincones del mundo.
El jueves 18 de junio fue una nueva demostración de por qué Hellfest sigue ocupando un lugar privilegiado dentro del circuito internacional.

La jornada comenzó incluso antes de cruzar las puertas del recinto con la actuación de ODC, formación francesa liderada por Celia Do, que aprovechó la ocasión para seguir consolidando una propuesta que muy pronto podremos disfrutar también en España. Un aperitivo perfecto antes de sumergirse en el gigantesco universo de escenarios, esculturas y fuego que caracteriza al festival.

Ya dentro, los primeros grandes momentos llegaron de la mano de Mikkey Dee & Friends, recuperando el legado inmortal de Motörhead. No podía haber mejor lugar para rendir homenaje a Lemmy. Su figura sigue estando presente en cada rincón de Hellfest, casi como un espíritu protector que observa desde las alturas de las gigantescas estructuras metálicas que decoran el recinto.
El calor fue uno de los protagonistas indiscutibles de la jornada, pero ni siquiera las altas temperaturas lograron frenar a The Pretty Reckless. Taylor Momsen volvió a demostrar por qué es una de las frontwomen más carismáticas del rock actual, liderando un concierto cargado de actitud y personalidad. Poco después, Breaking Benjamin ofrecieron un sólido ejercicio de post-grunge que cumplió con solvencia su cometido.
Uno de los momentos más especiales llegó con Deep Purple. Ver a una banda de semejante relevancia histórica sobre un escenario siempre tiene algo de viaje en el tiempo. Más allá de la nostalgia, sorprendió el excelente estado de forma de una formación que continúa defendiendo su legado con una dignidad admirable.
La tarde avanzó entre escenarios imposibles de abarcar. Mientras The Halo Effect abarrotaban la carpa de Altar con una actuación sobresaliente que confirmó el enorme potencial de la banda sueca, Alice Cooper desplegaba una vez más uno de los espectáculos más teatrales y completos del rock duro. Guillotinas, personajes, cambios de vestuario y una banda impecable dieron forma a una actuación memorable. La ausencia de Nita Strauss por su reciente maternidad fue cubierta con nota sobresaliente por Anna Cara, cuya ejecución fue sencillamente impecable.

Cuando parecía difícil elevar aún más el nivel, Papa Roach protagonizaron uno de los conciertos del día. Jacoby Shaddix volvió a demostrar que sigue siendo uno de los mejores frontman de su generación. La aparición de su hijo sobre el escenario provocó uno de los momentos más emotivos de la jornada, culminado por un mensaje dedicado a todos los padres que comparten conciertos con sus hijos, reivindicando el relevo generacional que mantiene viva esta cultura.
Ya entrada la noche, muchos optaron por quedarse junto a Bring Me The Horizon, que cerraron el escenario principal con una descarga de energía absolutamente arrolladora. La inesperada aparición de Will Ramos fue recibida como uno de los grandes momentos sorpresa del día. Mientras tanto, Kadavar llenaban el Valley demostrando que el rock psicodélico sigue teniendo un espacio privilegiado dentro de la diversidad musical del festival.
Y cuando parecía que el cuerpo pedía descanso, llegaron Alestorm para recordar que la fiesta nunca termina en Hellfest. Su mezcla de folk metal, humor y desenfreno dejó a miles de asistentes cantando y saltando hasta la madrugada. Quizá no fueran la banda más relajante para despedir la jornada, pero sí la más efectiva para recordarnos que, en Clisson, incluso el cansancio se vive con una sonrisa.

El primer día de Hellfest 2026 terminó exactamente como debía: con las piernas agotadas, la voz rota y la sensación de que todavía quedaban tres jornadas enteras para seguir escribiendo recuerdos.

Día 2: de la nostalgia a la esperanza en una sola jornada
Tras una primera jornada marcada por la emoción, los grandes clásicos y la energía desbordante de los cabezas de cartel, el viernes amanecía en Clisson con la sensación de que Hellfest todavía guardaba muchas historias por contar. Y como suele ocurrir en este festival, bastaron unos pocos conciertos para confirmar que cuatro días nunca parecen suficientes.

La mañana comenzó con una de esas actuaciones que generan orgullo. Killus se subían al escenario Temple ante una carpa completamente abarrotada. Ver a una banda española congregar semejante cantidad de público en uno de los festivales más importantes del mundo es siempre motivo de celebración. Pero más allá de la bandera, lo realmente importante fue el concierto. Intensidad, actitud y una puesta en escena que conectó desde el primer minuto con un público totalmente entregado. Una demostración de que el metal estatal sigue ganando terreno fuera de nuestras fronteras.

Sin apenas tiempo para recuperar el aliento, Nervosa ofrecieron una auténtica lección de death y thrash metal. Precisión quirúrgica, velocidad y una contundencia que convirtió la carpa en un hervidero de cabezas agitándose al unísono.

La primera gran sorpresa del día llegó lejos de los escenarios principales. En la carpa de Savage Lands se vivió uno de esos momentos imposibles de planificar. Un concierto acústico íntimo y especial que contó con la participación de Dirk Verbeuren (batería de Megadeth) y una inspiradísima Alissa White-Gluz. Acostumbrados a verla liderando auténticas tormentas sonoras, resultó fascinante descubrir una faceta más cercana y melódica, alternando momentos de enorme sensibilidad con pequeños destellos de la agresividad que la ha convertido en una de las voces más reconocibles del metal actual. Uno de esos recuerdos que justifican por sí solos un viaje a Hellfest.

De vuelta al recinto principal, por fin llegó el esperado encuentro con Stoned Jesus. Tras la cancelación de su última gira española, había muchas ganas de ver a la formación ucraniana, que respondió con un concierto hipnótico y cargado de personalidad. Poco después, Accept demostraban por qué siguen siendo una referencia absoluta del heavy metal. Clásicos inmortales, una banda en constante movimiento y una energía que parecía desafiar el paso de las décadas.
La tarde avanzó entre aniversarios y despedidas. Sepultura emocionaron al público dentro de su gira de despedida, recordando la enorme influencia que han tenido sobre varias generaciones de músicos. A continuación, Helloween celebraron sus cuarenta años de historia con un repertorio repleto de himnos y una actuación que convirtió el escenario principal en una auténtica fiesta del power metal.

Mientras tanto, las carpas de Altar y Temple continuaban siendo territorio para los sonidos más extremos. Decapitated descargaron una demostración de precisión y brutalidad técnica, mientras Rotting Christ envolvían al público en esa atmósfera oscura y ceremonial que tan bien saben construir. En el extremo opuesto del recinto, Malevolence transformaban la Warzone en un campo de batalla de pogos, empujones y sonrisas cómplices.
La noche pertenecía a Iron Maiden. Incluso con algunos problemas de sonido que marcaron buena parte de la jornada, la banda británica volvió a demostrar por qué sigue ocupando la cima del género. Cada canción llegaba acompañada de cambios de escenografía, vestuario y ambientación, construyendo un espectáculo tan visual como musical. No fue simplemente un concierto; fue una nueva lección de cómo entender el entretenimiento a gran escala.

Pero Hellfest siempre mira al pasado y al futuro al mismo tiempo. Mientras Maiden reinaban en uno de los escenarios principales, Sabaton tomaban el relevo generacional con una producción descomunal. Fuego, explosiones, un tanque presidiendo el escenario y hasta la aparición de Napoleón acompañaron una actuación tan espectacular como efectiva.

Y cuando parecía imposible añadir una última emoción al día, llegó The Gathering. Celebrando tres décadas de historia y liderados por la siempre brillante Anneke van Giersbergen, ofrecieron un cierre cargado de sensibilidad, elegancia y nostalgia. Un final perfecto para una jornada donde convivieron el pasado, el presente y el futuro del metal.
Porque si algo demostró este segundo día de Hellfest es que las leyendas siguen vivas, pero el relevo ya está preparado para recoger el testigo.
